En 2017, Farfalle no era una clínica; era una promesa nacida de mi propia historia. Mientras estudiaba en la universidad, atravesé un momento en el que necesitaba profundamente ir al psicólogo para poder graduarme y sanar. Sin embargo, me enfrenté a una dura realidad: no podía pagar al profesional que necesitaba porque era demasiado caro, por lo que tomé la opción de ir adonde otro profesional. En medio de esa frustración, entendí algo que cambió mi vida para siempre: cuando buscas terapia, no estás comprando un par de jeans ni un objeto material; estás buscando tu paz, tu felicidad y tu salud mental. Y la paz no debería ser un privilegio solo para quienes pueden pagarla, la psicología debe ser un derecho humano básico. Con ese anhelo en mi corazón y el deseo de crear un refugio donde cada persona fuera amada, escuchada y respetada sin importar su bolsillo, sus creencias o su origen, fundé Farfalle (mariposa en italiano).
El camino no ha sido fácil: ha significado superar tormentas. He enfrentado momentos donde los recursos escaseaban, reestructuraciones de equipo dolorosas, noches de desvelo buscando cómo sostener la clínica sin subir los costos a los pacientes, y el reto constante de remar contra la corriente en un sistema que muchas veces ve la salud mental como un negocio masivo y no como un espacio sagrado.
Me ha costado lágrimas, esfuerzo y sacrificios, pero jamás he estado dispuesta a convertir a Farfalle en una “fábrica de pacientes”. En cada crisis, me he recordado por qué empecé: porque no vendemos consultas, acompañamos almas en su metamorfosis.
